Andrea Villalón Paredes / 16.11.2025

En medio de Oslo, una gran casa sobresale por sus colores dantescos: negro y rojo, de estilo vikingo, contrasta con el verde del jardín y el blanco de los edificios que la rodean. ¿Qué historias puede ocultar dentro? Durante más de dos horas, Joachim Trier nos invita a entrar en el espacio íntimo de la casa y a conocer su historia a través de tres generaciones de la misma familia, con la actualidad como foco principal y dos hermanas: Nora (Renate Reinsve) y Agnes (Inga Ibsdotter Lilleaas). La vida de ambas se ve agitada cuando su padre, Gustav (Stellan Skarsgård), vuelve a aparecer con el objetivo de dirigir su nueva película en dicha casa. Ahora tendrán que explorar los hechos que quedaron ocultados en la intimidad doméstica de la infancia.
Una de las cosas que más interesantes en el cine es la exploración de los recuerdos e indagar cómo esas vivencias se traspasan al personaje adulto y Valor sentimental intenta hacer esto. Para ello, Trier cambia el característico paisaje de Oslo por el espacio cerrado de la casa, que se convierte en un personaje más, con su propia historia y desarrollo. Mi mayor problema con este nuevo recurso del director son los saltos temporales que se remontan hasta la ocupación nazi de Noruega, es comprensible que Trier quisiera hacer hincapié en el trauma que deja durante generaciones la violencia de este tipo, pero no sabe hilarlo del todo bien y, a veces, resulta un poco torpe. A esta subtrama se le suma el personaje de Elle Fanning como Rachel Kemp, que hace de actriz hollywoodiense, que interpretará el papel principal en la película de Gustav.
Narrativamente, la película va dando tumbos y no es tan constante y sólida como alguno de sus anteriores filmes, pero la salvan dos cosas: el tono emotivo y Renate Reinsve. Joachim Trier y Eskil Vogt han colaborado en numerosos proyectos juntos como guionistas y uno de sus mejores atributos son los diálogos. En este filme también vemos eso, una sensibilidad increíble que recae, sobre todo, en el personaje de Agnes, la hermana mayor; Reinsve, vuelve a interpretar a un personaje varado emocionalmente, esta vez no es caótico como en La peor persona del mundo, sino más bien una versión depresiva de este. Todo funciona de manera tierna y cruel, con las típicas acotaciones humorísticas de ambos guionistas, otorgando realismo a la relación familiar que intenta lidiar con el próximo salto generacional que se avecina. Sí, esta película sigue siendo del estilo de Trier: la cultura que se muere con nosotros (en este caso la manera de hacer una película), el tener o no hijos, la depresión, la conexión con otros, la muerte…

En cuanto a visuales, es la película más cómoda de Trier, que vuelve a rodar en celuloide. Los personajes se mueven mucho (saltan de una ubicación a otra) y tampoco seguimos a uno de ellos en específico, sino que hay saltos, en ocasiones juega en su contra porque no define exactamente quién es protagonista, ¿la casa, las hermanas, el padre, el pasado…? También con esto, se pierden los característicos paseos de los personajes de sus últimas películas (iban andando a todos lados porque, sí, en Oslo se puede hacer eso), pero aun así rescata efectos visuales de La peor persona del mundo, pero es casi anecdótico.
Personalmente, creo que hay dos personas que pueden disfrutar esto: si te encanta Joachim Trier, como es mi caso, porque el tono, la música y el estilo siguen ahí a pesar del desbalance narrativo, o si quieres muchísimo a tu hermano y tienes una relación complicada con tu infancia. Creo que las intenciones y la emotividad de la película, así como la resolución de esta, son correctas: nunca es tarde para reconectar y pedir perdón, pero no obstante, tengo mis dudas en la manera en que se ejecuta que podrían haber estado mejor pulidas. Valor sentimental llega a los cines el 5 de diciembre.
